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No importa que tan lejos corra, cuanto me esconda o los mundos que atraviese pues ellos me encuentran sin importar lo que haga...

Cada noche escondida entre escombros y callejones, durmiendo a la intemperie observo en el silencio de las calles tenuemente iluminadas por el alumbrado público y los anuncios gigantes el arribo de las enormes camionetas que en sigilo avanzan en una hilera de brillante carrocería negra confundiéndose con la noche.

Su llegada es mi señal. Tomo mi mochila y la desgastada cobija de un tirón y me oculto entre los escombros de una casa en ruinas, intentando hacer el menor ruido posible antes de que ellos desciendan de los vehículos.

Al aparcar en total silencio, me sorprendo al comprobar que, a diferencia de ocasiones anteriores todos los tripulantes portan un elegante pero sencillo traje negro cubriendo sus ojos ausentes portando unas gafas de sol ¿Quién usa lentes oscuros durante la noche?, me pregunto con incredulidad.

A lo lejos el silbato del tren hace eco anunciando su lejana proximidad. Contemplo mis alrededores; aun si ellos no se aventuran a estas ruinas que alguna vez fue un hogar, sé que no podre darme a la fuga pues sin importar mi sigilo sé que me escucharan y entonces no tendré escapatoria, mi única oportunidad es usar el velo de la noche para correr los 10 metros que dividen a la casa de las vías del tren y abordarlo cuando pase, pero eso significa quedar al descubierto cuando los vagones sean iluminados por los faroles de la calle, y la velocidad no es precisamente mi fuerte...así que por ahora solo puedo quedarme aquí y rezar porque no me encuentren.

Pego mi cuerpo al trozo de muro y observo a los recién llegados a través de una grieta tan larga como mi mano y lo suficientemente ancha para que mis ojos distingan los autos y a sus ocupantes.

Es un grupo pequeño; cuatro autos, con 3 pasajeros y un conductor por cada vehículo, ambos sexos que no oscilan entre los 20 o 30 años. Solo están ahí a un costado de sus transportes, sin moverse intentando imitar a alguna pandilla de amigos que han salido de un antro, podrían pasar desapercibidos para cualquiera de no ser por tu rigidez corporal. Están escuchando su entorno buscando...esperando

Los gritos de un vagabundo alcoholizado me provocan un pequeño sobresalto haciendo que pierda al grupo de vista durante unos cuantos segundos, cuando centro la mirada nuevamente hacia los autos noto que faltan integrantes. Mi cuerpo se tensa y en un vano intento por controlar los desbocados latidos de mi corazón y el golpe de adrenalina aguzo mi oído intentando ubicarles.

Pasados unos segundos eternos escucho al vagabundo gritando sandeces ininteligibles, su voz es más cercana al igual que los apenas audibles pasos de los elegantes zapatos de aquellos sujetos que le aprisionan apenas sin el menor uso de fuerza.

-¿Eres la Muerte?-pregunta el ebrio de forma barrida

-Casi-dice uno de ellos con voz grave mientras pasea la luz de su linterna en la cara del vagabundo

Después de inmovilizar al hombre y subirlo al vehículo, el más alto de ellos chasquea los dedos y señala los alrededores creando una especie de círculo invisible. En menos de un segundo el resto del grupo se dispersa saliendo momentáneamente de mi campo de visión, sin embargo escucho como se aventuran a los dos pequeños parques y cruzan cerca de mi escondite. Veo las tenues luces de sus lámparas de mano registrando escombros, aceras y hierbajos a unos 4 o 6 metros de distancia hasta toparse con un  pequeño grupo de vagabundos, que son alzados sin dificultad y encaminados hacia las camionetas.

Mi corazón se congela al escucharles pasar apenas a tres metros del muro, los somnolientos hombres protestan inútilmente preguntando quienes son y lo que desean, pero la única respuesta que obtienen es el silencio hasta ser introducidos en el resto de los autos.

Después de subirlos, uno de los hombres con ropaje negro da un par de palmadas sobre la puerta del vehículo y estos se retiran de la misma manera sigilosa en que llegaron.

Solo queda él; alto e imponente bajo el farol de la calle contemplando la nada como solo los centinelas saben hacerlo.

En mi mente circulan un sin fin de opciones que podría usar para crear una distracción y alejarlo del lugar para darme tiempo suficiente de cruzar las vías, pero, cada elección deja un resultado negativo.

El primero y más obvio es que quizás haya más de ellos ocultos entre las sombras y si hago el menor ruido seré descubierta, ni siquiera tendré oportunidad de correr más de dos metros lejos de la casa en ruinas.

Mi otra opción es arrojar alguna roca lo más lejos posible de mi posición actual y echar a correr hacia el lado contrario en cuanto él se mueva de la luz pública, o bien quedarme quieta hasta que la luz del alba bañe las calles de la ciudad y así perderme entre la gente, pero no he contemplado la tercera opción…luchar…

 

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